La representación como definición de una paradójica identidad hispanoamericana en “Ariel” de José Enrique Rodó.

José Enrique Rodó publica su ensayo “Ariel” en 1900. Recientemente había culminado la Guerra Hispano-americana y nacía el pasado siglo XX. De sus letras se desprende un contexto histórico de búsqueda de identidad latinoamericana y una fuerte crítica a los Estados Unidos como paradigma para las naciones del resto de América, sin embargo, incluso considerando la descripción del espacio físico donde sucede la acción, no es diáfana la frontera temporal del ensayo.

 Ya habían llegado a la amplia sala de estudio, en la que un gusto delicado y severo esmerábase por todas partes en honrar la noble presencia de los libros, fieles compañeros de Próspero. Dominaba en la sala —como numen de su ambiente sereno— un bronce primoroso, que figuraba al ARIEL de La Tempestad.  Junto a este bronce, se sentaba habitualmente el maestro, y por ello le llamaban con el nombre del mago a quien sirve y favorece en el drama el fantástico personaje que había interpretado el escultor (p. 1).

 Podemos contextualizar físicamente un salón, con una decoración austera, donde sobresale la estatua de bronce de  “Ariel”. Sus paredes están cubiertas de libros que necesariamente debieron estar dispuestos en estanterías. El cuadro claramente no es de una humilde escuela de Hispanoamérica. El discurso que le entrega el profesor a sus alumnos es contundente. Siendo un mensaje motivador y de profunda trascendencia para unos jóvenes que culminan su año escolar, éste, va más allá de una frontera temporal. Podría ser el mismo mensaje con efectos similares para jóvenes de nuestros tiempos y para la revisión del actuar de quienes dejaron de serlo. En el apartado III del ensayo se lee:

En nuestros tiempos, la creciente complejidad de nuestra civilización  privaría de toda seriedad al pensamiento de restaurar esa armonía, sólo posible entre los elementos de una graciosa sencillez. Pero dentro de la misma complejidad de nuestra cultura; dentro de la diferenciación progresiva de caracteres, de aptitudes, de méritos, que es la ineludible consecuencia del progreso en el desenvolvimiento social, cabe salvar una razonable participación de todos en ciertas ideas y sentimientos fundamentales que mantengan la unidad y el concierto de la vida, — en ciertos intereses del alma, ante los cuales la dignidad del ser racional no consiente la indiferencia de ninguno de nosotros (p. 8).

Y se suma a fortalecer la validez atemporal del mensaje remitido a los jóvenes terminando su período de educación y enfrentándose al amplio espacio, sin horizonte que lo restrinja, que ofrece la vida a tan temprana edad. De manera que si bien es posible deducir un contexto histórico correspondiente al siglo XX, la fuerza del mensaje lo presenta marcado por la ausencia de temporalidad.

Estas indefiniciones temporales también se descubren en la situación geográfica específica, siendo en su contexto indudable la América hispana, no hay claridad respecto de qué país específicamente es en el que se desarrolla la historia. De esta situación se puede interpretar un mensaje de validez equivalente para todos los países que corresponden a las condiciones citadas. Por el contrario, no es general el destinatario del mensaje del ensayo. El grupo de estudiantes, y las alusiones del texto      corresponden a una elite claramente delimitada y excluyente por definición. Tema que se profundizará más adelante.

Retomando la naturaleza universal del mensaje, encontramos en éste características que lo califican como una obra romántica: el apego por la libertad individual y la valoración de la exaltación del espíritu desarrollándolo en todas sus posibilidades; la valoración de una identidad, que si bien corresponde a una región, es perfectamente aplicable a naciones americanas e hispánicas;  el apego por la reflexión filosófica estética alejada del positivismo utilitarista; la fe desde el aprecio por lo pagano, permite que se asome un romántico anticlericalismo, referido a lo religioso, pero desde sus propios parámetros, en consecuencia, romántico.

Respecto de la libertad individual y las posibilidades del espíritu atribuye al simbolismo de Ariel a la “la parte noble y alada del espíritu” (p. 1). Y propone una misión donde desde las características individuales de cada uno debe generarse una búsqueda personal hacia un ideal de desarrollo que trasciende desde la persona hasta el grupo al cual pertenece. Y en ese punto el autor destaca la participación de la voluntad como motor de la acción citando a Goethe “sólo es digno de la libertad y la vida quien es capaz de conquistarlas  día a día para sí” (p. 2)  Exige la conquista de la libertad mediante la acción permanente del pensamiento y la progresión de las ideas y la impone como un deber de cada generación que transforma en punto de partida la culminación del aporte de la generación anterior. Volviendo al mensaje motivador de Próspero, es también una despedida y un punto de partida, ejerciendo responsablemente como un deber, el derecho a la conquista de la libertad mediante el desarrollo de las ideas. Una aventura de naturaleza definitivamente romántica.

La invitación que hace el maestro a los jóvenes a desarrollar su ser en plenitud como un signo susceptible de ser calificado en la perspectiva de la estética es clarificadora. El deber moral de asumir la educación en su aspecto ideal desdeñando las pretensiones de imponerle una finalidad utilitaria es una acto de rebeldía, muy romántico por lo demás, que impulsa a llevar al ser humano al máximo de sus posibilidades advirtiendo de los peligros de generar sociedades de espíritus estrechos y truncos que no aspiran a un ideal más allá de lo útil. Más adelante en el texto de Rodó encontramos claras alusiones a los Estado Unidos de Norteamérica (EEUU) de esta característica negativa. El acto estético de la moralidad y el “buen gusto” aparecen supeditados a la búsqueda de este ideal en cada persona que como parte de un grupo trasciende además a la sociedad que pertenece. Propone Próspero a la Grecia clásica como referente en la búsqueda de ese ideal. Donde el desarrollo del pensamiento por la búsqueda de actualizar las potencialidades humanas en la progresión de las ideas deriva en consecuencia en el acto estético de la buena vida, como espacio donde floreció el espíritu humano. Sin embargo, el autor acusa a la democracia de facilitar la mediocridad progresiva de la sociedad a través de la instauración del utilitarismo que se da en su regencia; y que ésta,  por centrase  demasiado en dar bienestar material a la masa, restará espacio para la preocupación por los intereses ideales. Le dará amplitud a la civilización pero le restará profundidad. Le impone una tarea a la democracia, que debe acometer una vez obtenida la igualdad para todos,  fomentar y facilitar las “verdaderas superioridades humanas” (p. 16).

Otro aspecto propio del romanticismo que se encuentra en el ensayo de Rodó es un claro rechazo al positivismo como forma de acceder al conocimiento. Propone que sólo se obtendrán espíritus aislados por gélidos desiertos de la educación utilitaria y al mismo tiempo le da un gran valor al tiempo de ocio entendido como el espacio destinado al admirar, pensar y soñar. Reconoce que la actividad económica es condición para obtener este tiempo de ocio, pero jamás puede ser instalada como fin último de la misión de ser un hombre a cabalidad.

El cuestionamiento a la fe institucionalizada en imposiciones eclesiásticas y el aprecio por lo pagano, propio de los románticos, se aprecia en las afirmaciones del autor respecto de la posible unión entre los altos ideales espirituales del mundo helénico con la palabra del naciente cristianismo llevado por San Pablo, maridaje que no se dio, perdiéndose la posibilidad de llevar al ser humano a lo más alto del desarrollo moral.

La armonía  y la serenidad de la concepción pagana de la vida se apartaron cada vez más de la idea nueva que marchaba entonces a la conquista del mundo. Pero para concebir la manera como podría señalarse el perfeccionamiento moral de la humanidad un paso adelante, sería necesario soñar que el ideal cristiano se reconcilia de nuevo con la serena y luminosa alegría de la antigüedad; (p. 13)

Con su planteamiento, el autor, habla a través de su personaje Próspero, plantea que la institucionalidad de la iglesia no se concilió con la visión pagana de la vida, que aportaba con tranquilidad y alegría, a una postura moral religiosa que en este divorcio se hizo sufriente e incompleta. Hay una valorización de la grandeza de los ideales morales alcanzados por los griegos de manera previa a la llegada del cristianismo a sus costas. Y desde acá se desprende un vínculo estético para el actuar del hombre.

Indudablemente, ninguno más seguro entre los resultados de la estética que el que nos enseña a distinguir en la esfera de lo relativo, lo bueno y lo verdadero, de lo hermoso, y a aceptar la posibilidad de una belleza del mal y del error. Pero no se necesita desconocer esta verdad, definitivamente verdadera, para creer en el encadenamiento simpático de todos aquellos altos fines del alma, y considerar a cada uno de ellos como el punto de partida, no único, pero sí más seguro, de donde sea posible dirigirse al encuentro de los otros (p. 13).

De la apreciación estética, producto de la elevación alcanzada en el cultivo de las ideas engrandeciendo el espíritu, pasamos a la distinción claro entre lo bueno y lo malo; que, como se mencionó anteriormente, desde el individuo pasa a su grupo social, construyendo así “una elegancia de la civilización”. De esta manera surge un espíritu social elevando que permite el dominio del pensamiento llevando al grupo completo a niveles superiores de desarrollo humano. 

Por otra parte, la búsqueda de una identidad se desprende de la búsqueda de un ideal de persona en el desarrollo de todo su potencial. Tarea urgente y permanente que renace cada día con la esperanza de materializar esa posibilidad de elevar más allá de lo actual el desarrollo del espíritu humano. Hecho que queda de manifiesto en la metáfora de la novia que ve en cada nueva jornada el día de su matrimonio.

Sin embargo, se descubre una paradoja. Se pone a los jóvenes como depositarios del poder y deber renovador del nuevo espíritu del hombre respecto de su situación anterior. Un llamado estético a realizar la buena vida como un signo que no sólo define una manera de ser sino que a la vez se convierta en un a parámetro que aporte a construir identidad  situación absolutamente motivadora para cualquier espíritu que se precie de romántico. El freno se produce al estar referido a una elite, con clara restricciones en frases tales como las que se citan a continuación.

Tal así, en las evoluciones de la vida, esas encantadoras exterioridades de la naturaleza, que parecen representar, exclusivamente, la dádiva de una caprichosa superfluidad, (…) han desempeñado, entre los elementos de la concurrencia vital, una función realísima; puesto que significando una superioridad de motivos, una razón de preferencia para las atracciones del amor, han hecho prevalecer, dentro de cada especie, a los seres mejor dotados de hermosura sobre los menos ventajosamente dotados (p. 14).

Esta postura evolucionista del autor reitera que el llamado a ideales superiores no es para el ser humano sino para un grupo excluyente que dirige al resto al margen de éstos. Incluso hay claras alusiones al súper hombre de Nietzsche como un distingo entre la masa innoble y los iluminados depositarios de los ideales superiores.

No sólo son elitistas por platearse desde una clase superior y dirigencial sino porque son absolutamente excluyentes de la persona común. Destacando el hecho de que el llamado a lo sublime no es para todos.

Piensa, pues, el maestro, que una alta preocupación por los intereses ideales de la especie es opuesta del todo al espíritu de la democracia. Piensa que la concepción de la vida, en una sociedad donde ese espíritu domine, se ajustará progresivamente a la exclusiva persecución del bienestar material como beneficio propagable al mayor (p. 16).

 Además encontramos variadas referencias a los pueblos germánicos como poseedores de características a imitar olvidándose de las individualidades surgidas dentro de cada nación por el natural devenir de sus propia historia y contexto geográfico. Centra todas las características positivas de un posible creamiento espiritual en una “clase”, obviamente la aristocrática  como baluarte del apego a niveles superiores del ser humano. Imposibilitando a quienes no perteneces a esta casta de alcanzar niveles superiores como seres humanos. Ni siquiera son los anglosajones los llamados a ser paradigmas de la elevación humana. Son los germánicos “arios”. (31) El llamado a la búsqueda de una identidad local, siempre será un llamado contingente para las naciones americanas que surgen de la variedad de transplantados y mezclas con aborígenes, pero no se comprende un llamado excluyente, elitista y con los ojos puestos en “la perseverante genialidad del ario europeo”. Si esta elite aristocrática es la llamada a definir y dirigir la búsqueda de un espíritu superior que aporte a definir una identidad nacional y a la vez muestre la posibilidad espiritual del ser humano como parámetro a seguir por el resto de la nación que no es la elite, a la que se le da la espalda,  y que no corresponde a las características valoradas por este pequeño grupo iluminado, es una oferta contradictoria y en su origen irrealizable. Nadie más que el pueblo “ario germánico” puede realizar mejor los ideales correspondientes a las características que por esencia lo definen. Jamás se definirá una identidad nacional de espaldas a la nación. No pueden guiar a nadie en esta empresa quienes la inician negándose a si mismos.  ¿Hasta dónde podría llegar el Ariel mutilado de sus alas?

Menos fe en la nobleza de cuna y más fe en la nobleza de espíritu. Los espíritus libres y plenamente románticos harán al ser humano más humano y eso no pasa por calificar almas que restrinjan la universalidad de este llamado. Si así fuera, por excluyente, pierde su valor estético y se torna en un gesto más de la deshumanización del “progreso” espiritual. El desprecio por la democracia en sus consecuencias masivas también aporta a la incongruencia de este llamado, por ser un llamado carente de fe en el ser humano. Si sólo una elite puede alcanzar ideales superiores entonces esa condición de elevación no es común al ser humano sino que se presentan como una serie de casos puntuales. La fe en ser humano como un ente poseedor potencial de elevación  espiritual es contraria a las exclusiones y calificaciones de seres superiores e inferiores.

En defensa del autor se puede observar que este no alcanzó a predecir el devenir de estas ideas en las medianías del siglo XX.

Referencias

 Rodó José Enrique (1900) Ariel. Ensayo.

http://www.andes.missouri.edu/andes/Especiales/RMB_Ariel1.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Enrique_Rod%C3%B3

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