Acción y desencanto, significación e identificación en Sobredosis de Alberto Fuguet.

Significación e identificación

Los cuentos que presenta Fuguet en Sobredosis son muy rápidos. Para el caso de “Deambulando por la Orilla Oscura (Basado en una historia real)” inmediatamente comenzada la narración ya estamos formando parte de un escenario de significaciones: “Guardó el cuchillo ensangrentado en su bota y estiró sus viejos Levi’s[1] hasta dejarlos lisos y tirantes[2]”. Esta constante referencia a íconos contemporáneos al momento en que sitúa el cuento, 1987, va construyendo un diccionario de imágenes mentales que concurren a complementar los significados literales de su palabra escrita. De manera que la narración va entregando en paralelo el contexto propio de la historia contada y la sucesión de imágenes que van construyendo un escenario de sensaciones y connotaciones, muy específico para quienes vivieron en esa época, generando una inevitable identificación tanto temática como contextual en su aspecto histórico. Es ésta cercanía de significados, la que permite configurar un lugar común de íconos y símbolos tan reconocibles que hacen inevitable la identificación contextual para quien vivió su juventud en esos años.

Sus referentes permanentes a la música, cine, lugares y acontecimientos relevantes del momento: “Ya se habían desatado los primeros boches, habían matado al general Urzúa, ¿te acordái?, al lado del Tavelli, así que imagínate el ambiente”…[3]; van aportando una imagen visual mediante los recuerdos del lector que se complementa a la imagen literal de las palabras. Pero la fuerza de estas imágenes llega a constituir una narración en paralelo a través de lo visual, de manera que perfectamente, estos cuentos podrían ser el guión de una narración en ese formato, el de lo audiovisual. Códigos que se complementan, lo visual y lo literal, en la mente del lector. Sin embargo, esto también implica una desventaja para quienes no vivieron el contexto temporal en que si sitúan los cuentos, ya que se restringe su significación por desconocimiento. Se alcanza a apreciar una fracción del escenario total sacrificando una parte del sentido de las palabras.

Con esa doble lectura, se entiende perfectamente la aparición recurrente del desencanto, la desesperanza y el abandono. El protagonista de la historia, el Macana, suma a su situación de absoluta desmotivación el ambiente hostil de la dictadura que aparece sin aparecer: “Del bolsillo interior de su chaqueta de cuero extrajo un pito y lo encendió con indiferencia, como si nada le importara realmente, como si todo fuera una vieja película que ya no le interesaba volver a ver”[4]. El ambiente impuesto por la omnipresente dictadura que terminaba cubriendo todos los espacios, aún de quienes no querían verla, o tenían problemas más apremiantes de que ocuparse que de una realidad que les afectaba indirectamente por su nivel de inconciencia, era tan plano, descolorido, agobiante, que se constituían en un componente más de la desesperanza y la desvinculación emocional con la vida. “A medida que avanzaba sobre el pavimento, rodeado de cientos de ojos sin caras que le registraban cada paso, pensó que era justamente alguien como él lo que esos tipos llenos de colores necesitaban: un héroe, un huevón dispuesto a todo, un Rusty James chileno”[5]. Estos niños de familias de clase media alta, o más alta aún, con todo su referente cultural aspiracional compuesto por Estados Unidos a consecuencia de ser el modelo económico impuesto por los Chicago Boys como camino a la modernidad y el primer mundo sumado al bombardeo permanente e inapelable por parte de los restringidos medios de comunicación, de los mismos contenidos, los tenían con sus ojos puestos en ese estilo de vida. Muchos menos operativo que en la actualidad, julio de 2010, hablar inglés norteamericano, era un factor diferenciador y que facilitaba la conexión con este referente superior del que el común de los chilenos, la mayoría, quedaban fuera.

Este “simulacro de modernización” que instauraba la dictadura erguida sobre la violencia del golpe de estado, que permanentemente intentó justificar difundiéndolo como un acto heroico de naturaleza patriótica, aportaba con más oscuridad al conflicto emocional que pudiera tener un joven de clase social acomodada hacia arriba que reclamaba atención y recibía inversión. Aumenta el vacío.

El Macana odia su contexto social pero al mismo tiempo participa de él con frecuencia: “Odiaba el Apumanque, quizás por eso iba tan seguido. Todos estos parásitos que vegetaban en el Andy’s, puras papas fritas y pinchazos, comida rápida, taquilla pura, amistad en polvo, esa onda. Sábado tras sábado, el lugar de reunión, ver y que te vean[6]”.

La respuesta al mal sabor que deja la situación agobiante es salirse de ella mediante la alteración de los estados de conciencia y para esto es común en los personajes de la obra, a través de los cinco cuentos, el uso de drogas. El protagonista hace su aparición en la narración con un pito ([7]) ([8]), luego se entiende que previamente había consumido anfetaminas[9]. Para terminar estrellándose contra el pavimento evadiéndose definitivamente de su realidad asfixiante por falta de sentido y exceso de recursos. Si bien en la obra en ningún momento se específica el nivel socioeconómico del Macana, sabemos que sectores frecuenta, sabemos que es asiduo del Apumanque, sabemos que viste con chaqueta de cuero, los Levi’s y calza botas. Además sabemos que estuvo internado en una clínica psiquiátrica, que para la época, es un indicio claro de que su familia, o alguien, ya que el no trabaja, podía solventar ese gasto:

“- Ya no es el mismo…

– Ya nadie es el mismo, huevón.

– Lo cagaron.

– Esa clínica le lavó el cerebro.

– Lo dejaron lerdo”[10].

 

Propuesta narrativa

En el caso de “Pelando a Rocío”, la narración se presenta en un formato particular y novedoso que, si bien se reconoce como monólogo, es uno de los ejercicios más habituales en el ciudadano común para contar historias: el “pelambre[11]”. La historia se ubica temporalmente en 1988, hecho que aporta a la significación de los referentes que se mencionan durante el relato. Se desprende que la acción transcurre en un pub o bar, después de concluida la actividad laboral.

El pelambre se presenta, en este cuento, como una estructura narrativa que nos sitúa en una conversación entre dos compañeras de trabajo con algunos tragos de más en que se va relatando el proceso que llevó a Rocío Patiño Aldunate de hija modelo de familia bien a una guerrillera desaparecida en un atentado con explosivos. Este viaje extremo queda sintetizado en las palabras de quien narra la historia: “Pero lo que yo no cacho es cómo alguien que nace decente, de buena familia, tu sabís, como nosotras, mejor incluso, puede volverse tan… no sé, tú cachai, cómo esta comadre de la que te estaba diciendo, esta amiga mía, pudo cambiar tanto, ciento cincuenta por ciento, una cosa impresionante que no se explica, como lo que te dije el otro día, pero tú no sabís nada, no alcancé a contarte, con lo del sábado lo supe todo y hasta me puse a averiguar si todo era verdad, revisé los diarios, te juro, a la hora de almuerzo, lo leí cagada de miedo, pero déjame seguir…[12]

La participación de la interlocutora es semejante a la del lector que sólo actúa como receptor de la historia y en ningún momento es incorporada a un diálogo, sino hasta el final cuando se le hace la pregunta con la que concluye el relato: “¿Y tú galla, qué creís?” [13].

Acción

La peladora, narradora, quien cuenta la historia nos indica claramente su escala de valores cuando describe la formación recibida de parte de sus padres: “Siempre preocupados de las amistades, de qué nivel eran, si eran GCU (gente como uno), de colegios privados. A todo control. Pobre que saliéramos con algún hijo de un empleado público. Éramos más fijadas. Así nos criaron, los tipos debían ser del Verbo Divino para arriba”[14].

También la personaje expresa su postura respecto de la formación universitaria: “…me hice amiga de ella en un Pre, en el Ceaci, pero igual no me dio el puntaje, total, media huevá, gano el doble que todas esas huevonas de mis compañeras de curso que entraron a la universidad, se sacaron cresta y media y ahora están muertas de hambre… Bueno, hay para todo, ¿no?, digo yo, cada uno cava su propia tumba…”[15]. De igual manera propone un modelo a seguir: “La Marisol lo pasa regio, ni trabaja, puros cócteles, exposiciones, premières, festivales, qué sé yo”[16].

Éstas características diferenciadoras tienen su contraparte como autoexigencias apremiantes. Se reconoce como parte de éste grupo social a quién  responde, y debe responder inapelablemente, a ciertos parámetros, muy exigentes por lo demás: “Déjame seguir: bueno, como ya sabís, con la Rocío éramos amigas, pero amigas desde el colegio, poto-y-calzón, amigas de toda la vida. Si hasta nuestros padres se conocían desde siempre, hasta del club porque la Rocío –mira la bruta con suerte- vivía en una casa que no te la creerías, fabulosa es poco, como para Vivienda y Decoración, una cuadra entera en Los Dominicos”[17]. “Todavía no pololeábamos y nadie manejaba aún –creo que ella nunca aprendió; bien huevona teniendo tantos autos, digo yo-, así que dependíamos de los viejos para que nos fueran a buscar”[18]. “La Rocío en esa época viajaba a cada rato, onda todos los veranos. Su viejo era dueño de una empresa importadora y traía tragos, chocolates, equipos de música. Tenían cualquier plata. Bueno, en esa época todos teníamos. Así que siempre traía cualquier cantidad de cosas de Estados Unidos, cuestiones que aún no llegaban a Chile,…”[19]

Desencanto

En un primer momento vemos este contexto social como una serie de privilegios que ostentan unos pocos, sin embargo, es posible hacer una segunda lectura que nos permita aclarar el origen de tanta frustración y pérdida de sentido. Estos privilegios diferenciadores de la gente común para pasar a ser del estrato GCU (Gente Como Uno) significan responder cabalmente a un sistema constante y agobiante de exigencias en todos los ámbitos de la vida. “…oye, no es por pelar, galla, pero fíjate esas comadres que recién entraron, seguro son putas, yo no sé cómo las dejan entrar, ese tipo de minas les baja el nivel. Observa a la de buzo de cuerina, se parece a la Nelly, la de contabilidad, ¿no encontrái?, chula de mierda. Para mí que se tira a este gallo nuevo, de finanzas, que antes estaba en la sucursal de Coquimbo. Pero mira a ésta, fíjate en las uñas: azules. Lo peor. Típico de minoca de villa rasca. Después las huevonas se creen la raja por andar metidas acá arriba, cuafas de mierda, lo único a que vienen es a buscar ejecutivos lateados. Me sacan de quicio, arribistas calentadoras de huevas. Yo no entiendo cómo la Rocío se metía con gallada como ésta, incluso más última porque por lo menos estas chulas se arreglan y no cachan nada de nada, sólo leen la Vanidades, esa onda, en cambio estos tipos andaban con ponchos y huevás chilotas con olor a oveja y a vino caliente, recitando manifiestos todo el día, leyendo libros rusos, de ésos que se desarman, enfermos de densos y puntudos. Realmente me repelen…”[20]  

Esta constante de ingresos altísimos, en relación al común de los chilenos, en una trayectoria de éxitos que permiten responder a un modelo para ser considerados “gente”, son, a su vez, el parámetro del cual alejarse es una causal de exclusión inmediata. Pero no es sólo una indiferencia social, sino una sanción que le quita todo valor a la persona marginándola de todos los ámbitos de su vida social. …”mi mamá me puso al día: la Magdalena Aldunate la había invitado a tomar once y hasta se le puso a llorar. Emilio, el papá de la Rocío, se había arrancado del país, se cerraba el negocio, se declaraba en quiebra e iban  a rematar todos los equipos estéreos que tenían acachados”[21].  “Era como si la tierra se la hubiera tragado. Lo único que pudo averiguar era que estaba bien pobres, no muertos de hambre pero lo suficientemente cagados para tener que decirles chao a los restoranes franceses, a Cachagua, a comprarse la ropita en General Holley”[22].

Para la narradora la figura de Pinochet se le presenta disociada del fascismo, era un salvador de la serie de asesinatos que se producirían en el gobierno de los “upelientos” hacia la gente de su clase. Mientras que para Rocío, era un héroe. Esta adhesión no se da por razones de convicción política sino porque, de alguna manera, les garantizaba mantener su estilo de vida que los diferenciaba de los otros, “los upelientos”, que más que un grupo adversario era el paradigma de lo que no querían, ni debían, ser. Paradojalmente, el mismo sistema económico propuesto como camino de recuperación de la ruina económica que “generó” el comunismo, con su dólar a $39, produjo la bancarrota en muchas familias acomodadas condenándolas a un nuevo contexto donde comienzan a ver que hay detrás de los privilegios recibidos. Este fuerte contraste genera una situación intolerable para el grupo social aludido ¿cómo es posible que una niñita Patiño Aldunate apareciera ahora entre los comunistas? Tal vez el desastre económico de su familia podría justificar esa excentricidad. Las convicciones y creencias de la narradora siempre se acomodan a las circunstancias para ser un digno miembro de su grupo social. Sin embargo sus calificaciones son distintas para las personas que no pertenecen a su grupo. Esta ambigüedad de principios se traduce en una postura acomodaticia que permanentemente se rige por la conveniencia de seguir en los parámetros del “éxito”. Sin convicciones, sin consecuencia, sin lealtad, sin reconocerse como parte de una totalidad, no hay un terreno firme desde donde mirar la realidad. La sensación de insatisfacción se hará crónica.

El lenguaje usado por Fuguet en sus cuentos se presenta muy atractivo para la generación de aquella época porque aplica una serie de íconos claramente reconocibles por sus integrantes. Estos íconos hacen que la narración sea, a veces, escueta en palabras pero pletórica en significados. Tanto dicho en tan pocas líneas le dan un vertiginoso ritmo de narración a sus historias, donde lo visual es recurrente, al punto de convertirse casi en un guión de cine. Todos estos elementos favorecen la identificación con el lector que se reconoce en este tejido de significados presentados por el autor en el desarrollo de la narración.

La descripción de escenarios físicos y conceptuales con tal grado de riqueza de significaciones, obliga a esforzarse un poco más para traspasar estas referencias y poner la atención en el acontecer de sus personajes. En ellos, se aprecia, superando las connotaciones omnipresentes de dictadura y disidencia, la caída, desde el propio grupo social, como fuente de rechazo y desarraigo. De tras de todas las significaciones que se le pueden dar a los elementos mostrados hay personas, con toda la complejidad que ello implica.

Referencias

 Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006.

 Pinedo, Javier, Revista Mapocho, Ni identidad, ni modernidad. Novela chilena y contingencia histórica en los últimos veinte años. Santiago de Chile, primer semestre 1997.

 Pinedo, Javier, Curso de Literatura chilena. Panorámica del siglo XX: Narrativa, Magíster en Humanidades: Literatura y Artes visuales, Universidad de Talca, 2010.


[1] Levi’s, la famosa marca de jeans, en el contexto temporal que se sitúa el cuento (1987), es para los jóvenes de la época un ícono diferenciador. Debe comprenderse que la variedad de oferta de esos años era muy restringida comparada con la actualidad. Al reconocible diseño y sus identificables marcas, tales como la etiqueta de cuero estampada, la pequeña etiqueta roja con letras bordadas blancas, junto al bolsillo trasero derecho, los botones y hasta las costuras aportan a hacer de estos pantalones un “uniforme de gala” o combate según la ocasión. Sólo por llevarlos puestos la persona quedaba “protegida” de potenciales descalificaciones o críticas, por parte de su medio social.  Incluso pronunciar correctamente la marca “livais” era lo mínimo que exigía el respeto frente a tan importante símbolo.

[2]  Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 11.

[3] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 67.

[4] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 11.

[5] También son recurrentes las citas al cine, como el caso del personaje Rusty (del inglés “oxidado”) James de la película “Rumble fish”  de Francis Ford Coppola, 1983. En Chile se exhibió con el nombre de “La ley de la calle”, y un atractivo extra lo aportaba el hecho de que el baterista del grupo The Police, Stewart Copeland, en la banda sonora del film. La historia es acerca de pandilleros  y su contexto en Estados Unidos. Cabe recordar que en aquellos años las películas se estrenaban con a lo menos 2 años de desfase en nuestro país a partir de su estreno en los Estados Unidos. The Police se presentó en el Festival de Viña del Mar en 1982.

[6] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 13.

[7] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 11.

[8] En la cultura popular es el nombre del cigarrillo de marihuana.

[9] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 14.

[10] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 14

[11] El pelambre como concepto surge de la metáfora entre sacar el cuero a los animales para usar su piel y el ir sacando las capas que integran el conjunto de actos efectuados por una persona a la que se “pela”. En el lenguaje coloquial se entiende como narrar aspectos de la vida de una persona que habitualmente implican una connotación negativa.

[12] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 45.

[13] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 73.

[14] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 51.

[15] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 47.

[16] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 47.

[17] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 50.

[18] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 51.

[19] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 52.

[20] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 45.

[21] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 64.

[22] Fuguet, Alberto, Sobredosis, Santiago de Chile, Aguilar, 2006, página 66.

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