La valoración de la labor profesional del diseño como responsabilidad obviada por el mismo diseño.

El diseño como actividad es un proceso habitualmente utilizado en las disciplinas en que la creatividad es una condición necesaria para su desempeño, que en el contexto social actual serían la mayoría. En cada una de éstas posee matices distintivos, sin embargo, en lo sustantivo, apuntan prácticamente a lo mismo: el proceso de elaboración mental de configuración o prefiguración de una solución a un problema dado.

Esto queda de manifiesto en el análisis etimológico de la palabra que lo nomina, que proviene del italiano “disegno”, y nos habla acerca de algo que está por venir pero que actualmente se mantiene como potencialidad al ser actualmente una elaboración mental “idea” susceptible de ser realizada. Es el “designio”, o anuncio predictivo de una acción futura en que la idea adquirirá materialidad de manera posterior a la acción mental. Es una visión de lo realizable en el futuro, lo que le asigna un carácter eminentemente proyectual: “lo que está por hacerse”.

Esta prefiguración de un objeto por construir, se piensa y luego se registra mediante un código que habitualmente es el dibujo. Este registro facilitará su posterior construcción que una vez materializado se constituye en una obra. Es aquí donde la elaboración mental adquiere su primera materialidad. La idea puede ser apreciada o percibida por alguien ajeno a quien la concibió. Se ha puesto en común a través de un código, pero sin embargo, no es la obra concluida. Esta requiere de su producción, que naturalmente será para el caso del diseño una reproducción industrial.

Como naturalmente se deduce de estas afirmaciones la obra es la punta del iceberg que oculta un proceso complejo y multidisciplinario de búsqueda de solución. Esta situación propia del diseño como disciplina provoca que, para quienes no participan del acto de diseñar, sólo sea visible la obra planteada y construida como solución, desdeñando completamente el proceso previo de elaboración mental de conclusiones que sí constituye diseño propiamente tal. La subvaloración de lo medular del proceso de diseño se agrava críticamente cuando proviene justamente de los mismos diseñadores quienes no se ocupan de evidenciar el proceso que es la real génesis de la solución de diseño.

Más aún el diseño en general constituye significación y en cuanto a signo posee un innegable carácter estético a considerar, para lo cual la función debe ser evidente y limpia de lo superfluo, carente de ruidos que entorpezcan la apreciación de la solución. En este sentido se acerca al arte y se hace complejo definir una separación que sólo podemos precisar al centrarnos en su construcción como solución práctica a una realidad humana. Lo cual no quiere decir, de ninguna manera, que tomado el mismo objeto en otra perspectiva pueda ser calificado con toda propiedad como obra artística. Paradojalmente su naturaleza estética proviene de su vocación de eficiencia para erigirse como solución. Al mismo tiempo, de su condición de objeto estético surge espontánea y naturalmente su contenido ético. El buen diseño es un deber ético.

El diseño plasmado en sus obras se erige como signo. Estas significaciones tienen consecuencias para el entorno social en que se desarrollan o se aplican. Por lo tanto posee un poder de construcción de realidad.  Estos aspectos aportan a contextualizar la problemática tratada es por esto que han sido enunciados, pero no serán tratados en profundidad en el siguiente desarrollo, por el hecho práctico de la extensión del trabajo.

El diseño se plantea frente a su propia acción como un proceso metodológico de toma de decisiones, para proveer de soluciones a problemas abordados. Problemas de diseño en las diversas áreas que esta disciplina abarca. En este sentido, su mayor aporte está en la toma de decisiones respecto de las posibles soluciones a este problema de diseño. Soluciones parciales que se contextualizan en el escenario impuesto por el problema, que se van supeditando y a la vez condicionando unas a otras en función de construir la solución final. Este camino ofrece, en cada recodo, una infinidad de alternativas posibles a seguir, donde muchas o todas pueden ser válidas. Es por eso que se manifiesta como punto crítico la elección de opciones frente a un abanico que abre un ámbito nuevo donde todo es posibilidad.

Sin embargo, por el mismo hecho de ser una actividad multidisciplinaria, sigue apareciendo de manera relevante la capacidad de tomar decisiones acertadas y concordantes con el problema que pretende solucionar. En este sentido la labor de todo diseñador es resolver, optando, decidiendo por la posible solución en cada pequeño problema que constituye, en suma, el problema mayor o central.

Por otra parte, la “multidisciplinaridad” del diseño aporta a confundir a quien lo percibe respecto de su esencia. Esta confusión tiene que ver con lo que se ve del diseño y lo que realmente es hacer diseño. A modo de ejemplo podemos analizar el hecho de que el código más utilizado por el diseño en lo metodológico para construir pensamiento de diseño y para su expresión en general es el código común a las bellas artes, el dibujo. Por lo que muchos de quienes se relacionan con el diseño tienden a confundir el pensamiento con el código que utiliza para construirse. El diseño utiliza fundamentalmente el dibujo para su elaboración, pero, paradojalmente, el diseño no es dibujo. Si bien el diseño es una elaboración mental, por lo tanto es pensamiento, entonces ¿qué lo hace diseño?

Además, continuando con la enumeración de confusiones, el diseño es esencialmente intangible. Contribuye a la confusión el hecho de que el diseño siempre se ve materializado en objetos, sean estos bidimensionales o tridimensionales. Ya pesar de esta materialidad, que encierra su sustancia, sigue siendo intangible. Se puede verificar que el conjunto de la materia que lo conforma, si no tiene este componente intangible aportado por el diseño, es una masa caótica sin función posible.

Para clarificar este planteamiento podemos observar una referencia en la cultura china. En palabras atribuidas a  Lao Tse en su obra el Tao Te King:

XI

Treinta radios convergen en el centro

de una rueda,

pero es su vacío

lo que hace útil al carro.

Se moldea la arcilla para hacer la vasija,

pero de su vacío

depende el uso de la vasija.

Se abren puertas y ventanas

en los muros de una casa,

y es el vacío

lo que permite habitarla.

En el ser centramos nuestro interés,

pero del no-ser depende la utilidad.

Podría leerse del poema, además de su significado literal, la metáfora de la relación entre lo sustancial y lo formal, que para el diseño, en la perspectiva de este planteamiento, es la relación entre el objeto y el proceso mediante el cual es concebido.

Para clarificar esta postura se puede reparar en el concepto de interfase propuesto por Gui Bonsiepe, en que la manera como el usuario se relacione con el objeto propuesto para una función determinada es el campo de acción propio del diseño. Es ahí donde el diseño debe desplegar su pensamiento en pos de la solución eficiente que genere la manera óptima para ese usuario de relacionarse con el objeto y ejercer la función para la cual fue construido. Entonces, una vez que estas decisiones han sido establecidas, ya sea por escrito en el código del lenguaje o mediante dibujos constructivos en el código del dibujo técnico, puede proceder un tercero, que no es ya el diseñador, a su reproducción industrial. Entonces, nuevamente la misma lógica, la reproducción de un diseño, materializado en un objeto, no es su diseño, es el objeto. Si se ponen en una línea de tiempo son dos momentos distintos en que el diseño como pensamiento, necesariamente antecede a su reproducción, como acción. Y para la reproducción se aplica técnica, se pone todo un dominio tecnológico a disposición de una eficiente reproducción industrial. Esto es técnica, saber hacer y no pensamiento, saber cómo. En esa línea el argumento más triste se ve en el plagio, que cómo elaboración, demanda un esfuerzo mínimo si se compara con la elaboración original, que si implica el proceso complejo de pensamiento que es el diseño.

Por lo tanto, es innegable y evidente la diferencia en el diseño en cuanto a lo que es  reproducción y lo que es pensamiento. Pero es evidente también que no existe uno sin el otro. A pesar de esta dualidad indivisible, el pensamiento sigue a la acción, y técnicamente, la materialidad que se utiliza para construir un conjunto de malas decisiones de diseño es la misma que se utilizaría para construir una solución óptima. Es el pensamiento entonces, el que debe ser acertado y pertinente al problema que pretende solucionar.

En este nodo nos conectamos con el problema central que es la valoración del diseño como actividad profesional. La reproducción industrial es la finalidad del diseño, para eso se piensa, para eso se hace. Esta reproducción técnica se puede medir en horas hombre, horas de uso de la maquinaria necesaria, los materiales utilizados como insumos o materia prima, los soportes finales que constituirán el diseño, las tintas, pigmentos en incluso la energía  eléctrica necesaria, entre otros elementos de una larga lista específica según el diseño a reproducir. Pero al momento de pretender valorar cuánto cuesta el pensamiento se nos presenta un problema bizantino “¿cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler?” La idea sólo se hace visible en la construcción de lo pensado. Para el caso del diseño ¿cuánto valdría la invención del clip? Sin embargo este objeto de solución universal al orden temporal de los papeles funciona eficientemente para millones de personas. Esta subvaloración de la idea, que es intangible, respecto del objeto, que podemos manipular, es habitual y común. Pero se torna crítico en el desempeño profesional de los diseñadores donde es muy difícil luchar contra la “cosificación”[1] del diseño. Ya sea por su habitualidad, o por el nexo que genera el cliente, que no necesariamente el usuario de este diseño, con el usuario final, que deja al profesional del diseño en la indefensión donde ni siquiera puede apelar al beneficio percibido por el usuario para apoyar la valoración de su trabajo profesional. Una manera de clarificar esta proposición es pensar nuevamente en el clip ¿cuánto vale un clip? Y a continuación ¿cuánto sirve un clip?

Lamentablemente, esta falta de claridad en la valoración del diseño como labor profesional, la encontramos en los propios diseñadores, donde al momento de cuantificarlo pecuniariamente se atiende habitualmente a su reproducción industrial y no al proceso de pensamiento del cual surgió como idea.

Esta idea puede clarificarse al pensar en el valor de un libro por el cartón de su encuadernación, el empaste, el gramaje del papel utilizado y la tinta con la que se imprimió, separándolo completamente de su contenido. ¿Cuál es el valor del libro? Al pensar en un logotipo o una marca gráfica ¿vale por la tinta que se utilizó para reproducirla o por el aporte que hace a la generación de identidad de lo que está representando visualmente?

En este sentido podría ubicarse el origen del problema en la misma enseñanza del diseño, donde no queda suficientemente clara la diferencia entre objeto reproducido y su diseño en los mismos diseñadores en formación, desde ésta primera etapa. Esta situación debería transparentarse suficientemente a la vez de difundir desde los mismos centros de enseñanza una valoración por parte de la comunidad a la que pertenecen. Pero retornando a la actualidad de la problemática planteada una posible vía de solución pasaría por transparentar los procesos que implican el trabajo de diseño para dejar a tras la idea de diseño como generación espontánea de ideas maravillosas que llevan a soluciones instantáneas y ubicarlo en lo que es, un proceso metodológico para acceder a certezas que fundamentarán la toma de decisiones que desembocan finalmente en una solución. La solución de diseño.

Este punto de partida sugerido para salir de la subvaloración del diseño pasar por dejar el método de caja negra habitualmente utilizado para solucionar problemas de diseño, que si es aplicable para el aspecto creativo, e instaurar la evidencia del plan de trabajo que implica el diseñar. Son los propios diseñadores los llamados a transparentar sus procesos de trabajo profesional en función de producir un reconocimiento de la actividad como proceso y, en consecuencia, acceder a la valoración profesional desde el entorno en que se desenvuelve su labor.

Si se considera la especificidad de funciones propuesta, que da lugar a la separación entre pensar y reproducir, es posible también que el diseñador considere delegar las funciones propias de la gestión comercial, que claramente no son su área de dominio, en profesionales que si poseen las habilidades necesarias para generar valoración en la actividad del diseño como servicio profesional. Una medida como la nombrada facilitaría la concentración del diseñador en las tareas que le son propias, y que domina mejor, y evitaría el diluirse en labores administrativas, sumando tareas además de la complejidad que ya impone la multidisciplinaridad del diseño.  

Si bien para efectos de analizar conceptualmente la situación planteada y evidenciar la valoración del diseño como disciplina, acá se presentan la elaboración mental y el objeto terminado en forma separada, esta no es una condición indiscutible. También, en un análisis distinto, podrían abordarse las partes como un todo y considerarlas así.  Para el caso de la relación entre función y forma en el diseño, esta dualidad se analiza separadamente pero son un todo que obedece y responde a las condicionantes impuestas por las necesidades a las que pretende dar respuesta y los recursos disponibles para ello. En esta línea de acción, lograr una funcionalidad eficiente es también un acto estético. Genera agrado en el usuario no sólo por su aspecto externo, visible y palpable, sino por el acto en que se unen usuario y objeto: el uso expresado en la función. En este contexto no hay lugar para el lujo por carecer de importancia sustancial, no aporta nada a los objetos que no obedezca a la necesidad de impresionar a otros respecto de una situación de riqueza circunstancial de la que gozan unos pocos. En palabras de Bruno Munari es “el triunfo de la apariencia sobre la sustancia”. Es la manifestación evidente del uso de materiales inapropiados que no tienen ninguna relación con el uso para el cual fueron asignados. Por ser artificial y ajeno a una respuesta a un problema de funcionalidad queda fuera del quehacer del diseño. El objetivo para el cual fue generada la forma dará luces respecto de su calidad estética. Estas cualidades también aportan a construir significación en el objeto que las posee y esta significación tiene consecuencias sociales relevantes.

El objeto diseñado en el estado de desarrollo de la sociedad globalizada es también un signo que permite identificación y en el caso de un grupo social esta mostrando su propia identidad a través de sus elecciones y valoraciones. Sin embargo estos significados no son rígidos sino que se presentan como construcciones convencionales, situación que abre un horizonte de posibilidades. Hay toda una tarea por resolver para el diseño como disciplina en la creación de significados en función de la construcción de identidades sociales, hecho que se presenta como urgente en la sociedad globalizada, donde faltan acciones que permitan a los grupos reconocerse y valorarse desde sus características propias. Por lo tanto existe espacio para la estrategia comunicacional que permita releer al diseño como una disciplina gravitante en la construcción de significados. La situación actual del contexto social inmediato es que no lo está haciendo para sí misma como disciplina. Es una tarea pendiente. Recoger el desafío y el diseño desde el diseño resignificarse a sí mismo en la perspectiva de la valoración de sus consecuencias. Estas consecuencias son más claramente apreciables al constatar que los objetos también pueden realizarse sin diseño. Pero va a ser la relación del objeto diseñado con su usuario final la que mostrará el valor del diseño en la plenitud de sus posibilidades. Aún si se considerara este “mal diseño” como diseño, y no como ausencia de diseño, esta realidad dejará en evidencia procesos fallidos y malas decisiones. En este punto se hace discutible nuevamente determinar las condiciones que deben darse para que exista diseño pero esto no aleja del planteamiento central de este trabajo.

Teniendo el diseño en palabras de Gui Bonsiepe “vocación de eficiencia” esta metodología que implican sus procesos es una evidente agregación de valor a la acción propia de una comunidad pero la incapacidad que está teniendo el mundo del diseño para generalizar esta valoración, conocida y aprovechada a cabalidad por pocos, priva al contexto social inmediato de las posibilidades de eficiencia que aportaría el diseño plenamente implementado en los diversos ámbitos sociales. Nuevamente queda el desafío planteado para los centros de estudio que se abocan a la formación de diseñadores, asumir un rol protagónico en fomentar, formar e internalizar en sus alumnos la valoración del aporte del diseño, que aún se mantiene como una posibilidad por cumplir, en una directa relación con la contingencia de su entorno social.

El diseño es comunicación, construye y genera significado, por lo tanto puede aplicarse a sí mismo para plantearse como herramienta fundamental en el desarrollo social de los grupos en los cuales se aplica. Si asume con energía y decisión este rol para el cual naturalmente sirve no existirá impedimento que evite su valoración y comprensión como aporte a la generación de valor. Las implicancias sociales en la generación de significado que posee el diseño ponen de manifiesto su contenido ético y estético. Es una actividad que debe realizarse con responsabilidad y tiene implicancias en la producción de bien común.

Referencias

Costa Joan, (1994) Imagen Global. Ceac. Barcelona

Munari Bruno, (2006) ¿cómo nacen los objetos? Apuntes para una metodología proyectual. Gustavo Gili. Barcelona.

Costa Joan, (1994) Diseño, comunicación y cultura. Fundesco. Madrid.

García Canclini Néstor, (1995) Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización. Grijalbo. Ciudad de México.

http://es.wikipedia.org/wiki/Dise%C3%B1o

http://www.culturamarcial.com.ar/aak/taoteking.htm


[1] Por convención para este texto, el término, se referirá a la confusión planteada al percibir al diseño por su materialidad como sólo un objeto y no por lo que es, intangible, idea.

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